• Rev. Noah Carter

La mujer junto el pozo

Como todos saben, la Iglesia tiene un ciclo de leccionario de tres años para nuestras lecturas dominicales. Sin embargo, durante la Cuaresma, siempre se permite seguir la secuencia tradicional de lecturas que están contenidas en el Año A. Esto nos lleva al Tercer Domingo de Cuaresma y al famoso relato de la mujer junto al pozo.


La mujer del pozo nos enseña tres hechos importantes sobre nuestra relación con Jesús. Primero, no vemos nuestras vidas con honestidad, excepto cuando le pedimos a Jesús que nos revele cómo nos ve. En segundo lugar, al entrar en una relación más profunda de oración y contemplación de su bondad y verdad, identificamos más fácilmente el pecado de nuestra vida. En tercer lugar, la verdadera reconciliación con Dios hace brotar en nuestro corazón no una vergüenza por el pasado, sino un impulso para llevar a otros a experimentar los mismos perdones.


Jesús va al pozo porque sabe que se encontrará con esta mujer. Ella reconoce su indignidad de hablar con él, un judío. Pero esto prepara el escenario para que Cristo revele quién es realmente y qué viene a ofrecer. Si Cristo no la hubiera encontrado en el pozo o ella no lo hubiera buscado, habría continuado viviendo en el estado de adulterio y fornicación. En su desesperación, permite que Cristo haga de su deseo un gozo más allá de los deseos de la carne y la sed del cuerpo. Él no promete elevarla de estatus en esta vida, sino otorgarle la vida eterna. Y esto Cristo lo hace por nosotros. En el pozo de la pila bautismal, se convierte en una corriente inagotable de gracia en nuestro corazón. Esto no hace que esta vida esté libre de sufrimiento, pero nos permite por esta vida prepararnos para la bienaventuranza eterna en la vida eterna.


A medida que avanza la conversación, comienza a señalar sus propios pecados. No hace esto para avergonzarla, sino para revelarle el verdadero estado de su alma. Ella permanece humilde ante estas acusaciones porque sabe que son ciertas. Debemos aprender de la mujer samaritana la humildad en medio de nuestra pecaminosidad. Si alguien señala nuestras malas acciones, ¿cuál es nuestra respuesta? Tal vez sea ira, o tal vez podamos responder con una acusación. Esto viene del orgullo. En cambio, debemos reconocer humildemente nuestras malas acciones y pedir perdón. Así como la mujer samaritana nos muestra el ejemplo de ser sinceros ante el Señor acerca de quiénes somos, nunca debemos tratar de escondernos de Dios como lo hicieron Adán y Eva en el jardín.


Finalmente, la mujer samaritana no se avergüenza de su pecado pasado. En cambio, quiere que los demás experimenten lo que significa ser verdaderamente conocida por otra persona. Quiere que experimenten la acusación de pecaminosidad que carece de juicio. Quiere que todo el pueblo se acerque a un hombre que es el camino, la verdad y la vida. Las gracias de la reconciliación la transforman en evangelista. Un verdadero encuentro también para nosotros debe convertirnos en evangelistas. Nuestro encuentro con la gracia de Dios que nos lleva de la muerte del pecado a la novedad de la vida como hijos de Dios nos hace querer que otros participen de ella. Por eso Nuestro Señor dice más tarde que sus discípulos serán conocidos por sus frutos.


Esta lectura se nos da este domingo mientras examinamos a nuestros catecúmenos sobre su preparación para convertirse en cristianos a través de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Sagrada Comunión. Todos fuimos una vez la mujer en el pozo, necesitando ser purificados y recibir vida por medio de aguas vivas. Pero la mujer samaritana también nos muestra lo que sigue a ese renacimiento. Es una vida de traer a otros al pozo.

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